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San Francisco Javier

SAN FRANCISCO JAVIER

Fue el gran apóstol de los tiempos modernos, como San Pablo lo fue de los antiguos. Misionero de soberana grandeza, nos pasman sus obras portentosas. Fue el gran conquistador de Oriente, que iba abriendo camino a un ejército de misioneros.

Despertó el espíritu misional de la cristiandad. Decía el jesuita Araoz que Javier no hacía menos fruto en España y Portugal con sus cartas, que en las Indias con su predicación. Sus cartas maravillosas se copiaban y enviaban por todas partes. San Ignacio las multiplicaba. Juan II de Portugal, el rey misionero, quería que se leyeran en todos los púlpitos. Suscitaban vocaciones misioneras en todos las universidades. Que el ejemplo de su vida siga suscitándolas.

CRONOLOGÍA DE SAN FRANCISCO JAVIER

 

  • 7-4-1506. Nace en el Castillo de Javier (Navarra, España).
  • 1525. Marcha a París para estudiar en la Sorbona.
  • 15-8-1534. Hace los votos de Montmartre con Ignacio y otros cinco compañeros.
  • 24-6-1537. Ordenado sacerdote en Venecia.
  • 1540. Destinado a las Indias.
  • 7-4-1541. El mismo día de su 35 cumpleaños sale de Lisboa.
  • 6-5-1542. Llega a Goa. Desde allí, durante unos 7 años evangeliza buena parte del sur de la India, Ceilán, Malaca, etc.
  • 15-8-1549. Llega a Kagoshima, Japón.
  • 1551. Regresa a la India y hace nuevos proyectos.
  • 3-12-1552. Muerte en la isla de Sanchón, frente a las costas de China.
  • 12-3-1622. Es canonizado junto a San Ignacio, Santa Teresa, San Isidro Labrador y San Felipe Neri por el Papa Gregorio XV.
  • 1904. San Pío X le nombra Patrono de las Misiones.

EN EL CASTILLO

El Castillo de Javier

En Navarra, cerca del río Aragón, en un valle austero próximo a los Pirineos, estaba el Castillo de Javier. Flanqueado por cuatro elevadas torres, protegido por gruesas murallas y un profundo foso lleno de agua, que se atravesaba por un puente levadizo. Allí nació, en el año 1506, el gran apóstol. Era el sexto hijo de dos excelentes cristianos, Juan de Jasso y María de Azpilcueta.

Su padre vivía poco en el castillo. Era uno de los hombres más importantes del reino de Navarra, el de más confianza del rey. Tenía que dedicarse a sus actividades políticas en Pamplona; y a las diplomáticas en Castilla y Francia,

El Cristo milagroso

Muchas veces iba Javier a la capilla del castillo a rezar a un gran Cristo, que dicen sudó sangre cuando él agonizaba. Algún visitante sube ahora de rodillas las escaleras semicirculares que llevan a esa capilla, y que tantas veces subió el santo.

El Cristo es una talla de nogal de tamaño más que natural. Tiene una suave sonrisa. Fue encontrado en el hueco de un muro: estaba descolgado, con los brazos caídos, sujetos a la espalda por una cadena. Parece que estaba escondido allí desde el tiempo de los moros.

Su madre moldeó a Javier

Ella le infundió la piedad y el amor a Jesús y María. Su padre estaba casi siempre ausente. Sus hermanos, en sublevaciones y guerras contra Castilla. Su santa hermana Magdalena, que llegó a ser dama de honor de la reina Isabel de Castilla, había entrado monja de las Clarisas de Gandía dos años antes de que Javier naciera. Ana apenas si pudo enseñarle a andar porque se casó muy pronto. Sus otros hermanos fueron: María, Miguel de Javier y Juan de Azpilcueta.

Nuestra Señora de Javier

Es una antigua imagen, patrona de la villa. Una escultura románica, probablemente del siglo XIII, sentada y con el Niño Jesús en los brazos. Ante ella, por mandato de los señores del castillo, se había de cantar la "Salve Regina" todas las fiestas de precepto y algunas más. Luego ordenarían que el canto fuera diario, al tocar la campana del castillo. Javier acudiría al canto de la "Salve" con su madre.

Iglesia parroquial de Javier

Los señores del castillo reconstruyeron y agrandaron la iglesia del pueblecito. Le cedieron a perpetuidad todos los diezmos de pan, vino, ganado, etc... de que ellos disfrutaban.

Levantaron junto a la iglesia una Abadía, donde vivieran en comunidad un vicario, dos prebendados, un mozo de servicio y un escolar. Debía cantar la Misa diariamente: el sábado en honor de Nuestra Señora; el lunes por los difuntos. Los domingos y fiestas debían decir la Misa Solemne. Javier asistiría a esas misas.

Los rebaños de Javier

Los rebaños y el queso eran la base de la economía. Los rebaños trashumantes, de la montaña y la ribera, atravesaban por los términos del castillo. Pagaban una cuota por el pasto que comían: un cordero y cinco sueldos. Pero si pasaban de contrabando, los rebaños eran quinteados: les quitaban una oveja por cada cinco.

Una vez, cuando Javier tenía 13 años, pasaron muchos rebaños de contrabando. Pero el guarda y los tres hermanos del castillo corrieron tras ellos y les hicieron volver. El guarda retiró las 300 ovejas que correspondían a la señora. Aunque luego hubo un arreglo amistoso, y la señora sólo se quedó con cinco.

El molino

A media hora del castillo, y junto al cristalino Aragón, tenían un molino. Cuando el río llevaba suficiente caudal, transportaba almadías compuestas de 18 troncos de los bosques pirenaicos, que iban hasta el Ebro. Las almadías se detenían cerca del molino para que les quitaran un tronco a cada una, por los daños que causaban en la presa. Javier controlaba las faenas del molino, cuando llevaba los asuntos familiares. En los archivos aparece representando a su madre en un arriendo del molino.

Salinas del castillo

Algo más lejos del molino, entre dos colinas cubiertas de brezo, brotaba un modesto manantial de agua salada. Se aprovechaba para obtener sal. Era propiedad de los señores del castillo. Parte de la sal se daba como diezmo al vícario de Santa María. Javier visitaría esta fuente y las demás propiedades del castillo. Y sin duda que haría excursíones con algún compañero por los montes, y pescaría en el río Aragón, También descansaría a la sombra de los encinares, robledales y hayedos.

Monasterio de Leyre

Quizás sea del tiempo de los godos. Está en la ladera de una sierra. Lo habitaban los benedictinos. Allí se educaban los hijos de los reyes y de la nobleza. Por algún tiempo sirvió de panteón de los reyes de Navarra. Hoy sus cenizas están en un sepulcro de mármol en la iglesia.

La leyenda del abad Virila

No entendía lo que es tiempo infinito. Un día se metió en la sierra. Cuando descansaba junto a una fuente de agua fría y cristalina, un pajarito comenzó a cantar maravillosamente. El abad quedó extasiado. Al despertar no acertaba con el camino. No reconoció el monasterio, que estaba transformado... Los monjes no le reconocían. Sólo en los archivos pudo hallarse la memoria de un abad Virila, que había desaparecido misteriosamente hacía 300 años: los que él había estado extasiado oyendo al pajarito. Entonces comprendió lo qué sería la felicidad eterna. Javier oiría más de una vez esta leyenda.

En 1516 Navarra se subleva contra Castílla

Los dos hermanos de Javier luchan con Navarra pero al fin vence Castilla. Y el cardenal Cisneros, entonces regente, ordena demoler las fortalezas navarras, entre ellas el castillo de Javier. Cuando los dos hermanos vuelven a casa, sólo encuentran un montón de ruinas y una hacienda deshecha.

Mientras tanto Javier había cuidado de los negocios familiares. Su padre había muerto cuando él tenía 9 años. Tenía el santo 11 años cuando asistió, triste, a la demolición del castillo y a la usurpación de sus tierras por la gente.

EN PARIS

Javier había recibido del capellán lecciones de gramática y latín. En Sangüesa, donde tenían una casa, asistiría a otras clases; lo mismo que en Pamplona. Ya estaba preparado para la universidad. Soñaba con ser un sabio y ganar mucho dinero para rehabilitar a su familia. Tenía 19 años. Era de buena estatura y esbelto. Su hermoso rostro irradiaba inocencia. Siempre alegre, jovial y afable. Un día de 1525, acompañado de un sirviente, pasó a caballo los Pirineos, camino de París. Iba a estudiar en la Sorbona. En la célebre universidad bullían tres o cuatro mil estudiantes de todas las partes del mundo, incluso árabes y persas. Vivían repartidos en 50 colegios mayores, en las estrechas, húmedas y malolientes calles del barrio latino, a orillas del río Sena. Esos colegios formaban la universidad. Eran autónomos, con su propio claustro de profesores.

En el Colegio de Santa Bárbara

Javier vivía en el Colegio de Santa Bárbara, que estaba bajo la protección del rey de Portugal. Dejó el traje de gentilhombre y se vistió de universitario. Profesores y alumnos se levantaban a las 4 de la mañana. Un estudiante, campanilla en mano, recorría los dormitorios. Después de rezar las oraciones iban a las salas de estudio, a la incierta luz de las candelas. La primera clase empezaba a las 5. Todos se sentaban en el suelo, que estaba cubierto de paja en invierno, y de fresco heno en verano. A continuación, misa y desayuno. A los estudiantes más jóvenes se les daba un panecillo y agua para desayunar, y medio arenque y un huevo para comer. Los mayores recibían un arenque y dos huevos, un poco de vino y un guisado de verduras con algo de queso. Entre 8 y 10 era la clase principal, seguida de una hora de "ejercicios". A las 11. comida de profesores y estudiantes en el mismo comedor. Se leía la Biblia o vidas de santos. Luego, recreo. De 3 a 5, la clase de la tarde. La cena era a las 6, seguida de un resumen de los estudios del día. Luego las oraciones de la noche. Y a las 9, toque de silencio. Dormían en jergones de paja.

Los días de vacación, martes y jueves, iban a la isla del Sena a hacer deportes. Javier era de los campeones. Todos los profesores llevaban bastón para castigar a los estudiantes. Esto suscitó a veces rebeliones.

Pedro Fabro

Había sido pastor de ovejas en las montañas de los Alpes. Era un joven angelical. A los 12 años había hecho voto de castidad. Javier tuvo la inmensa suerte de hospedarse en la misma habitación de Fabro. Este libró a su impulsivo amigo de graves peligros. Porque Javier se escapaba de noche, con otros compañeros, en busca de aventuras. Años más tarde diría a su amigo Coello que él nunca había pecado.

Por Santa Bárbara andaba un antipático estudiante, Calvino, que había contagiado de herejía a más de un estudiante. Escribiendo Javier a su hermano Juan, dice (refiriéndose a Ignacio de Loyola): "haber sido él causa de que yo me apartara de malas compañías, las cuales yo, por mi poca experiencia, no conocía. Y agora que estas herejias han pasado por París, no quisiera haber tenido compañía con ellas".

Se encuentra con Íñigo (Ignacio) de Loyola

Un día llegó a París un hombre algo pequeño, que cojeaba un poco. Llevaba un borriquillo lleno de libros y papeles. Algo especial irradiaba de su persona. Tenía una simpatía irresistible. Había escrito en Manresa, el libro de los Ejercicios Espirituales, que ejercería en el mundo una profunda influencia religiosa.

Ignacio vivía en un hospital, vivía de limosnas. Las reuniones piadosas que organizaba produjeron tumultuosas protestas, aun de los profesores. En una ocasión casi le azotan públicamente. Entonces se limitó al cultivo espiritual de pocos y escogidos. Consiguió, al empezar sus estudios de filosofía, ocupar la misma habitación de Fabro y Javier, que terminaban esos estudios.

Javier recibió con hostilidad a Ignacio, recordando que había luchado contra sus hermanos. Ignacio pronto se ganó a Fabro, que le repetía las lecciones oídas en las clases. Este se entusiasmó con la idea de ir a Jerusalén y consagrarse allí a la salvación de las almas.

Ignacio se atrae a Javier

De sus limosnas daba a Javier lo que necesitaba, ya que sus hermanos no querían mandarle más dinero. "No hagáis tal -les había dicho su hermana Magdalena- Porque tengo entendido que Javier será un gran siervo de Dios y columna de la Iglesia". Cuando Javier obtuvo brillantemente una cátedra, Ignacio le buscó muchos y buenos alumnos. Ignacio comprendió que, si ganaba a Javier, ganaría medio mundo para Cristo. Por eso empezó a decirle las palabras del evangelio: "¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?". Javier le escuchaba con disgusto. Pero Ignacio le repetía machaconamente lo mismo, hasta que un dia le rindió:

- "¿Qué quieres que haga?"

- "Que hagas los Ejercicios Espirituales"

Los hizo durante 40 días, bajo la dirección de Ignacio. Entre sus grandes penitencias se pasó 4 días sin comer... Salió de los Ejercicios convertido en un volcán de amor a Cristo. Su ambición humana se convirtió en ambición de almas. En París estuvo Javier 11 años.

EL JESUITA APÓSTOL

En Montmartre

Después que San Ignacio conquistara a Javier, se atrajo para su empresa a Laínez, Salmerón, Bobadilla y Simón Rodríguez.

El día de la Asunción de Nuestra Señora de 1534 fueron todos a la capilla de Montmartre. Dijo la misa Fabro, recién ordenado sacerdote, y todos hicieron voto de pobreza, castidad y de ir a Tierra Santa para dedicarse a salvar almas. Eran los primeros jesuitas. Junto a la fuente de un bosque comieron y pasaron el día en íntima conversación.

A Venecia (1537)

Ignacio volvió a su tierra a arreglar negocios y visitar a las familias de sus compañeros. Estos le esperarían en Venecia, la ciudad edificada sobre el mar, surcada de canales y góndolas.

Considerando que el viaje a Italia, atravesando Saboya, era muy peligroso a causa de la guerra entre Francisco I de Francia y Carlos, decidieron dar un rodeo por la Lorena, Alemania y Suiza. Vestían el sombrero de ala ancha de los estudiantes de París; llevaban sotana, rosario al cuello; morral con el breviario, la Biblia y apuntes.

Javier cojea mucho

Ya no puede más. Para hacer penitencia por su vanidad en los saltos de París, se había atado a una pierna una cuerda anudada. Un médico dice que no se podrá cortar sin cortarle la carne... Se ponen todos en oración, y la cuerda se corta sola.

Continuaron el viaje por aquellos caminos nevados, embarrados y llenos de herejes, enemigos del Papa. Disputaron con uno, a quien dejaron sin palabra. Furioso dijo que les metería en la cárcel, pero ellos huyeron antes. Después de atravesar los altos montes nevados de los Alpes con sus preciosos lagos, llegaron a Venecia.

En Venecia abrazan a Ignacio

Sirven a los enfermos del hospital: "Hacíamos -dice Símón Rodríguez- las camas, barríamos los suelos, fregábamos los utensilios, hacíamos la limpieza general, atendíamos noche y día a los enfermos, llevábamos los cuerpos de los muertos a las sepulturas, que nosotros mismos habíamos abierto",

Javier siente un día mucho asco de las heridas purulentas de un enfermo. Para vencerse, las besa como si besara las de Cristo. Y metiendo sus dedos en el pus, se lo chupa.

Ignacio envía a Roma a sus compañeros (1537)

Van a recibir la bendición del Papa para ir a Tierra Santa. Él no quiere ir porque estaban allí sus adversarios, el Cardenal Carafa (futuro Papa) y el Doctor Ortiz. Los ríos estaban desbordados; el Po lo pasaron con el agua al pecho.

Un día Javier se despierta cansadísimo:

- "¿Qué te pasa?", le dice Laínez.

- "Que he soñado que llevaba a cuestas un indio pesadísimo. (Mucho sufriría luego en la conversión de los indios ... ).

Desde Roma hasta Ancona fueron en un barco de cabotage. Pero como no tenían dinero para el pasaje, el capitán se enfureció. Desembarcaron en Ancona para empeñar un breviario y poderle pagar: Consiguieron bastante dinero de limosna, desempeñaron el breviario y pagaron el pasaje.

En el Santuario de Loreto

Fueron al famoso santuario de Loreto, donde dicen que está la casita de la Virgen de Nazaret, que los ángeles habían trasladado por los aires a Loreto. Pasaron tres días felices dados a la oración. Y se dirigieron a Roma campo través. Cruzaron los Apeninos y los montes Sabinos. La lluvia y el barro se les metían por todas partes. Iban hambrientos. En las ciudades dormían en el hospicio; en el campo, en las cuadras con el ganado o en las- cabañas abandonadas.

Llegaron a Roma, y fue precisamente el Dr. Ortíz quien les recomendó al Papa Paulo III. Este les propuso una disputa teológica, de la que quedó entusiasmado. Les dio 60 ducados para su viaje a Palestina. Ellos le pidieron permiso para ser ordenados sacerdotes, cosa que pronto hicieron en Venecia.

En Bolonía

Como en Venecia no se podía salir porque el pirata Barbarroja apresaba a los cristianos, Ignacio repartió por sitios distintos a sus compañeros. Javier y Bobadilla fueron a Bolonia. Allí predicaban y cuidaban a los enfermos del hospital. Javier tuvo un éxtasis en una misa. Aunque el monaguillo le tiraba de las vestiduras, él ni se enteró.

En Roma

Se fueron reuniendo pasada la fecha de su peregrinación a Palestina. Ignacio llamó a Javier para que le hiciera de secretario (1538-1540). Vivían en una miserable casucha.

En Roma Javier es destinado a la India

Se presentó a Ignacio el embajador de Portugal D. Pedro Mascareñas. Le pidió en nombre del rey Juan III seis misioneros para la India.

- "Señor Embajador", le dijo Ignacio, "si mando seis para la India, ¿cuántos me quedan para el resto del mundo? Os enviaré dos".

Señaló a Simón Rodríquez y a Bobadilla, a quienes el Papa nombraría sus nuncios. Pero como Bobadilla cayó enfermo, Ignacio llamó a Javier:

- "¿Quieres ir tú?", le dijo.

- "Dispuesto estoy", contestó Javier.

Parece ser que Javier ya sabía que iría a la India. Dice Jerónimo Domenech que en Bolonia "gran parte de sus conversaciones versaban sobre la India y la conversión de los gentiles. Así manifestaba su gran deseo de ir a las misiones". Un día dice el mismo Javier: "¿Os acordáis, hermano mío Simón, de aquella noche que pasamos juntos en Roma y que os desperté con mis gritos de "¡Más, más!"? Sabed que fue por verme corno envuelto en grandes trabajos y peligros por el servicio de Nuestro Señor... Yo creo que llega la hora en que se ha de realizar lo que me fue mostrado de antemano".

A la mañana siguiente de ser destinado a la India, fue Javier a pedir al Papa su bendición. Después de remendar su sotana y coger el crucifijo, el breviario, la Biblia y algún libro, salió con el embajador, que no podía esperar.

En el camino hacia Lisboa era el servidor de todos. Hasta se ocupaba de sus caballos. Todos se querían confesar con él. Un criado del embajador quiso lucirse y se metió a caballo en un río muy crecido. Las aguas le arrastraron. El santo se puso de rodillas, y el hombre apareció milagrosamente en la orilla.

En Lisboa (1540)

Javier llegó agotado por el horrible calor y sus trabajos. Al abrazar a Simón Rodríguez, que estaba enfermo, le curó. Lisboa era la capital de medio mundo, descubierto por los portugueses. Vasco de Gama dobló el Cabo de Buena Esperanza y abrió el camino marítimo a la India. Los portugueses lucharon contra los musulmanes, que dominaban casi todo el Africa y el sur de Asia. Se apoderaron de Cochín y de Goa, y más tarde de Malaca, la llave del oriente. Los portugueses vivían en las costas, desde donde podían defenderse con los cañones de sus barcos. No entraban tierra adentro.

Javier seguiría las rutas de los portugueses. Al llegar a Portugal, el rey llamó en seguida a los dos misioneros para que habitaran en su palacio y comieran a su mesa. Pero ellos consiguieron, con dificultad, vivir con los enfermos del hospital y comer de limosna. Por sus predicaciones las gentes abarrotaban las iglesias, confesonarios y comulgatorios. Les quisieron detener en Lisboa, pero Ignacio y el Rey Misionero acordaron dejar allí solamente a Simón. Javier se despidió de la corte; abrazó a Simón y desde un púlpito colocado en la playa habló al pueblo, que lloraba por su marcha.

El 7 de abril de 1541, con dos compañeros, Mansillas y Camerino, zarpó para la India. Muchos iban en busca de riquezas; ellos en busca de almas.

Contorno de Africa

Costas poco accesibles. No tiene golfos profundos. Son una línea uniforme. Los litorales suelen ser malsanos, llenos de lagunas y charcos. Largos trechos bajos. y arenosos, que impiden el arribo de los barcos. Las costas del Mar Rojo son generalmente altas y desérticas. Junto a ellas se encuentran a menudo islas coralinas, malas para la navegación.

RODEA ÁFRICA

En el barco atendía Javier a los enfermos, predicaba y confesaba. Desde el principio, hubo grandes marejadas. Durante los dos meses de travesía, el santo tuvo grandes mareos. "Mucho deseara -dice él mismo- escribir más largo, mas la enfermedad no lo sufre; hoy me sangraron por séptima vez, y hállome en mediana disposición. ¡Dios sea loado!"

Al acercarse al ecuador el calor aumentaba. El agua dulce se pudrió. Aumentaron los enfermos. Javier se desvivía por ellos, y hasta les lavaba la ropa. Por las noches, se acostaba rendido sobre unas maromas arrolladas, junto a los más enfermos. Confesaba a los moribundos. Veía con tristeza cómo los cadáveres eran arrojados al mar, donde se los comían los tiburones.

En el Golfo de Guinea estuvieron parados 40 días. Había calmas terribles. Se declaró la peste en el barco, y el santo se contagió. Pero siguió cuidando a los enfermos... Al fin volvió a soplar el viento. Bordearon el Cabo de Buena Esperanza, y llegaron a Mozambique.

En Mozambique

Allí tenían los portugueses un castillo. Dejaron a los enfermos en el hospital. Sangraron al santo, que por fin curó. El gobernador de la flota quiso adelantarse y se embarcó con Javier en otra nave.

Llegan a Melinde

Era una ciudad de nobles edificios y mezquitas, rodeada de murallas, con amplios jardines y bosques de cocoteros. El rey musulmán era amigo de los portugueses. Mucho se alegró Javier al ver una gran cruz dorada en medio de aquella gentilidad. Él iba a plantar la cruz en las Indias.

En la isla Socotora

La isla tenía palmeras de riquísimos dátiles. Había moros y unos cristianos muy ignorantes, con sacerdotes analfabetos. El santo, para que pudieran ir al cielo, bautizó a muchos niños que morirían pronto. Le dieron ganas de quedarse con aquellos cristianos. Pensaría también en el África inmensa, llena de negros que adoraban aún a las serpientes, y que daban poder sobrenatural a las cosas y a los animales. Pero más le necesitaban en las Indias.

EN LA INDIA

Goa

En la costa occidental de la India, junto a la bahía del río Mandovi, en una islita de cuatro leguas de circunferencia, estaba la ciudad de Goa. Un riachuelo separaba la isla de tierra firme.

La habían edificado los indígenas. Había estado gobernada por príncipes indostánicos. Luego estuvo gobernada por los musulmanes, como todas las costas orientales.

Los portugueses terminaron con el imperio musulmán. Y establecieron plazas fuertes, escalonadas en todas las costas, que defendían con sus potentes escuadras. No entraban tierra adentro, que no pudieran defender con los cañones de sus barcos.

El pequeño pueblo portugués dominó el mar hasta las Molucas y el Japón.

Fue el heroico Alfonso de Alburquerque quien, con un puñado de hombres, tomó la ciudad de Goa, que pronto se convirtió en la capital del Imperio portugués de Oriente.

Pudo compararse con las mayores ciudades europeas. Llegó a tener 225.000 habitantes. Tenía gran número de iglesias y monasterios, de dominicos y franciscanos.

Se la llamó Goa la dorada, por sus riquezas y esplendor cortesano. A su puerto afluían de todo el mundo asiático. Las naves portuguesas llegaban rebosantes de riquezas. Era encantadora, ceñida de bosques de cocoteros.

Llega Javier a Goa

"Era de noche -escribe Schurhammer- cuando la nave Capitana enfiló el abra (bahía) de Goa. A la mañana siguiente prosiguieron adelante, surcando el anchuroso río Mandovi, entre orillas sombreadas de oscuros cocoteros. Pronto se divisó, a mano derecha, una ciudad con muros y torres, diques y arsenales; el palacio del Gobernador, la catedral, convento de franciscanos y capillas. En la playa, una multitud de gentes blancas, morenas y negras, con sus paños blancos a la cintura y largos cafetanes (batas), turbantes 9 todo el abigarrado esplendor de los colores orientales. Era Goa. Era el 6 de Mayo de 1542".

Muchas villas emergían alrededor de la capital, entre oleadas de palmeras y cocoteros.

Javier cambia el ambiente pagano de Goa

A la civilización hindú y musulmana se unió la portuguesa. Llegaron funcionarios portugueses, mercaderes, soldados y aventureros. La mezcla con aquel mundo pagano y sensual, el clima enervante, la escasez de sacerdotes, etc. relajaron la fe y costumbres de los portugueses. Solteros casi todos (no iban mujeres portuguesas) vivían públicamente amancebados... Goa era una Babilonia...

Javier visitó enseguida al venerable obispo D. Juan de Alburquerque. Le mostró las bulas del Papa, en que le nombraba su Delegado, con enormes poderes. Pero le dijo que sólo los usaría con su permiso. El obispo se admiró de su humildad y le abrazó. Los dos se hicieron muy amigos,

Era el mes más caluroso. Javier empezó su apostolado. Vivía en el hospital, atendiendo y confesando a los enfermos. Dormía sobre una estera junto al más grave. "Eran tantos -escribe, él mismo- los que venían a

confesarse que si estuviera en diez partes partido en todas ellas tuviera que confesar".

Por las tardes iba a la cárcel. Los domingos atendía a los leprosos.

Por las calles tocaba una campanilla, gritando:

-"Cristianos, amigos de Jesucristo, por amor de Dios, enviad a vuestros hijos y esclavos a la doctrina".

En una ermita cerca del hospital reunía a los niños. Les enseñaba las oraciones, el Credo y los Mandamientos. Pronto acudieron más de trescientos. En vista del éxito, el obispo mandó que en todas las iglesias se hiciera lo mismo.

Las catequesis de Javier eran modelo. Las dramatizaba, las intercalaba de oraciones y cánticos* Le ayudaban catequistas indígenas.

El santo, a veces, se invitaba a comer en casa de los señores que vivían mal. Las mismas concubinas servían a la mesa. El apóstol, después de amena conversación se marchaba, sin hacer el menor reproche. Esto hacía que el pecador le buscara para poner en regla su vida.

Cinco meses estuvo Javier en Goa. En tan poco tiempo la cambió. Se abrieron escuelas y catequesis. Se instauró la práctica de los sacramentos. En las calles, en los campos, y el mar se cantaban el Padre nuestro, el Ave María y los Mandamientos.

Goa fue el centro de las cristiandades de Oriente

Los misioneros que iban, en gran número, al Oriente, lo hacían en las naves portuguesas que llegaban a Goa, que era el cuartel general, la capital cristiana de Oriente.

De Goa partió.Javier para el Japón, y para las puertas de China. A Goa venía para repartir sus misioneros en todas direcciones. Aceptó el seminario de San Pablo, cuando Ignacio le envió misioneros para regirlo. Este seminario, para el clero indígena tuvo enorme influencia en la evangelización del imperio portugués de oriente.

Aun después de muerto Javier, los jesuítas siguieron partiendo de Goa durante dos siglos. Llegaron, con el Padre Andrade (1624) hasta el Tibet; se establecieron en la Pesquería. Fundaron, con el P. Nóbili (1606) la gloriosa misión del Maduré. Evangelizaron Birmania, Bengala y Ceilán. Llegaron a Malaca, las Molucas, Japón, Siam, Conchinchina y Tonquín... Entraron en China, con el P. Ricci, llegaron a Zambeza, Madagascar y Etiopía.

Con el ocaso del imperio portugués, fue desapareciendo la importancia de Goa. Vinieron a tierra casi todos los grandes edificios...

En 1554 entraba triunfante el cuerpo muerto del gran apóstol, que descansa incorrupto en su mausoleo en la iglesia del Bon Jesús. Allí vienen a venerarle multitud de peregrinos.

El santo sigue desde Goa suscitando misioneros que siguen sus huellas...

EN LA PESQUERÍA

Un día le dijeron que a unas 600 millas había unos veinte mil "paravas" bautizados, pero muy ignorantes porque no había sacerdotes que supieran su lengua malavar. Javier se fue a la Pesquería. Pasaría por Cochín, en donde tenían los franciscanos un convento y un seminario misional; le recibirían, como siempre, muy cordialmente.

Parece que llegó a Tuticorín, a mil kilómetros de Goa. Era una costa baja, llena de lagunas. Era un importante centro portugués de contratación de especias. Los cristianos se gloriaban de ser los descendientes de los convertidos por Santo Tomás. El santo llevaba tres jóvenes indígenas del colegio de San Pablo, que tradujeron a su lengua malavar el credo, los mandamientos y las oraciones.

La Pesquería estaba a lo largo de los abrasados arenales de la costa, en unas 50 millas de las inmediaciones del cabo Comorín, situado en el extremo sur de la India. Innumerables arroyos llegaban con dificultad al mar, a través de la arena, formando oasis de palmeras datileras. El pescado, el arroz y los dátiles y el líquido de los cocos era el escaso alimento de aquella pobre gente. No podían comer la carne de las vacas, porque eran dioses, y eso sería un gran pecado. Vivían en chozas de barro y de hojas de palmera. Eran atléticos y esbeltos, de rasgos casi europeos. Decían que cuando uno muere su alma pasa a un perro, a una serpiente, etc... según hayan sido buenas o malas sus acciones.

El santo, calado hasta los huesos, caminaba a través de arenas pantanosas de aldea en aldea. En verano la arena le abrasaba los pies. Cuando soplaba el viento fuerte de las montañas, las nubes de polvo se le metían por boca y nariz . Caminaba con los pies abrasados y las piernas hinchadas. "Sólo por Dios -dice el santo- se pueden tolerar tales trabajos... yo no cargaría con ellos ni un solo día por todo el mundo". Pero, por otro lado, -dice él que son tantas las consolaciones que Dios nuestro Señor comunica a los que andan entre estos gentiles "que son las mayores que se pueden tener en esta vida".

Por aquella región había muchas serpientes venenosas, tigres, cocodrilos, etc. Pero Cristo había dicho a sus apóstoles: "En mi nombre arrojarán demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán en sus manos las serpientes, y si beben un veneno mortal no les dañará" (Mc. 28, 17).

Las perlas de la Pesquería

Las ostras pequeñitas flotan en el mar como trozos de gelatina. Al cubrirse de concha se hunden y se pegan al fondo. Allí abren sus valvas para que les entre el alimento. A veces les entra un grano de arena, un huevecito de pez, etc. que se queda entre el cuerpo y la concha. Como le molesta, -el animal procura arrojarlo. Si no puede, lo envuelve en capas de fino nácar. Eso es la perla. Las ostras forman numerosos bancos en el fondo, a diez o más metros de profundidad, en los mares cálidos.

Antes era muy peligrosa la pesca de las perlas. A los pescadores les tapaban los oídos con cera y la nariz con pinzas de hueso. Los tímpanos llegaban a perforarse por la presión del agua. Descendían apoyados sus pies en una gran piedra, atada a una cuerda. Llevaban al cuello una cestita de fibra de palma para echar las ostras. No olvidaban un cuchillo entre los dientes para defenderse de los posibles tiburones. Sacaban las ostras a los barcos. Allí las abrían y las dejaban en la arena, donde el sol tropical pronto las pudría. Entonces sacaban y limpiaban las perlas.

Los pobres pescadores se sumergían unas cuarenta veces por día, y estaban bajo el agua dos o tres minutos. Subían jadeantes, echando a veces sangre por las narices y oídos. O caían muertos, entre horribles espasmos. Entonces sus cadáveres eran pasto de los tiburones. En el mes de Marzo, unas 400 embarcaciones iban a los bancos de ostras, con unos siete mil pescadores. Las perlas iban al mercado de Tuticorín, y allí se congregaban hasta cien mil mercaderes.

Los pescadores tenían que pagar un tributo al rey de Portugal. Pero los subordinados les abrumaban con más impuestos. El santo se indignaba, pero no podía remediarlo.

Los pescadores no sabían nada de religión

Sólo sabían decir que eran cristianos. No sabían quién era Dios, ni Jesucristo. No sabían el credo ni los mandamientos. Adoraban a los ídolos, que encontraban a la vera de los caminos, en los bosques o en los templos. Eran estatuas de arcilla, pintadas de blanco y de rojo chillón, untadas del mal oliente aceite de coco. Representaban caballos, monos, panzudos elefantes y otros animales. En sus enfermedades acudían a los hechiceros. Vivían aterrados por el miedo a los espíritus y a los demonios. Los malavares, exasperados contra los mahometanos que los tiranizaban, habían matado a muchos de ellos. Tenían miedo a las represalias; por eso, hacía tiempo que determinaron hacerse cristianos para que les defendieran los portugueses. A cambio daban tributo de perlas a la reina de Portugal.

El Santo se atrajo a los niños

No le dejaban nunca y le pedían que les enseñara la religión. Le interrumpían cuando rezaba, y no le dejaban ni comer ni dormir. Recorría con ellos la costa tocando la campanilla. Predicaba con su fuerte voz, y bautizaba. Decía a los muchachos que enseñasen a sus padres lo que habían aprendido. Los muchachos iban por todas partes arrebatando ídolos, que arrojaban a los pies de Javier. Los hacían menudos pedazos, los escupían y otras cosas ... ; los pisoteaban.

Los domingos reunía a la gente con la campanilla. Recitaba el credo, y el Santo les preguntaba si creían en Dios Padre, en Jesucristo, y después les explicaba los mandamientos y oraciones.

Como eran tantos los que bautizaba, se le secaba la garganta, y no podía mover el brazo de tanto hacer la señal de la cruz. (¡Si hubiera más misioneros que le ayudasen! ... ) Le llamaban de todas partes para que fuese a ver a los enfermos. Como no podía ir a tantos sitios, enviaba a los niños con su crucifijo o rosario. "Id por las casas -les decía-; que digan las oraciones y sanarán". Así hacía muchos milagros por medio de los muchachos.

Más milagros

Había en la aldea una mujer que pronto moriría. Javier, con uno de los jóvenes que trajo de Goa, va a su choza. El joven le explica la religión. Luego le pregunta:

- "¿Quieres ser cristiana?"

- "Sí", contesta ella. El Santo la bautiza y queda sana al instante. Toda su familia se convierte.

El rey gentil da permiso para que se hagan cristianos todos los que quieran. Un niño había muerto ahogado en un pozo. El Santo reza por él, le hace. la señal de la cruz, y le toma de la mano diciendo:

- "En nombre de Jesucristo te mando que te levantes vivo". El niño se levanta, y Javier se lo entrega a su madre.

Los "gurus" enemigos

"Si no fuera por los brahmanes -dice el Santo- todos los paganos se convertirían. Desde que vine sólo un brahman se ha hecho cristiano. Un buen mozo, que ahora enseña la doctrina a los niños".

Los brahmanes eran muy soberbios. Decían que ellos habían nacido de la cabeza de Brahma. Los soldados, del pecho. Los pescadores, de las piernas. Los parias, de los pies. Evitaban que les tocara aun la sombra de los parias. Todos los hombres se reencarnan, en castas superiores, si han hecho buenas obras. Si las han hecho malas, en castas inferiores. Pero los parias no se reencarnan: se condenan para siempre por sus crímenes horrendos, cometidos en anteriores existencias.

Por todas partes había pagodas. Se pedía a la gente que llevara alimentos a los ídolos. Pero los "gurus", ocultamente, se los comían. Un día llegó el Santo a una pagoda de unos doscientos:

- "¿Qué os mandan hacer vuestros ídolos para ir a la gloria?", les preguntó. Nadie quería contestar. Por fin se atrevió un viejo:

- "Nos mandan dos cosas: no matar vacas y dar limosnas a los gurus".

Al que no se las diera, ellos le mandarían enfermedades y demonios. El Santo explicó el credo y los mandamientos a los gurus. Y lo que era el cielo y el infierno, y quiénes iban a un sitio o al otro. Todos dijeron que el Dios de los cristianos era el verdadero, pues tan buenos eran sus mandamientos.

- "Pues, ¿por qué no os hacéis cristianos?", les dijo.

- "¿Qué diría la gente? No nos traerían limosnas, porque verían que les engañamos".

Las vacas sagradas

Las vacas son dioses. Prefieren morir antes que comer una vaca. Sería un pecado horrendo. Las vacas comen lo que les apetece en las tiendas. Al pasar junto a una, la tocan con reverencia, y se llevan la mano a su cabeza; lo mismo que nosotros hacemos con el agua bendita. Teniendo millones de vacas, ellos se mueren de hambre.

Los Makuas

Unos criados del rey Iniquitibirín se presentaron a los portugueses diciendo que el rey estaba muy enfadado porque un portugués se habla llevado un indio suyo. Además quería que le defendieran de sus enemigos.

Quedó muy agradecido porque le atendieron. Y dio permiso a los Makuas, sus súbditos, para que se hicieran cristianos. Javier, temeroso de que cambiara de opinión, corrió a los Makuas.

Los Makuas eran pescadores de la costa suroccidental de la India, Malabar. Eran bárbaros y ladrones. Su país era llano, entre el mar y los montes Ghates. Era zona arenosa, pantanosa y llena de bosques.

Javier repitió sus métodos de siempre. La reacción fue prodigiosa. Se juntaban hasta seis mil oyentes. El Santo predicaba desde su árbol. "En un mes -dice él mismo- bauticé más de diez mil. Dando a cada uno su nombre, para que no lo olvidara, escrito en una hoja de palmera". Los bautizados destruían sus ídolos y pagodas.

Más milagros

En Mutam murió un niño. Cuando le llevaban a enterrar, el Santo compadecido de las lágrimas de la madre, le ordenó que se levantara vivo. Otro día, ante la resistencia a convertirse de algunos, mandó abrir la sepultura de un muerto... que salió vivo. La gente se convirtió.

Muchos indios morían picados por las serpientes. En Talle uno cayó al suelo, echando espuma por la boca. El Santo pidió por él, tocó con su saliva la herida y el muchacho resucitó. En Kottar, mientras rezaba en una choza, sus enemigos la prendieron fuego. Los cristianos lloraban por su gran padre. Pero él salió tranquilamente de entre las cenizas.

Estaba abrumado de trabajo

Desde Cochín, en la costa del Malabar, de regreso a Goa desde la Pesquería (al lado oriental) pide más

misioneros: "Muchas veces me vienen pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces, como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la universidad de París, diciendo en Sorbona, a los que tienen más letras que voluntad para disponerse a fructificar con ellas, cuántas almas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos..."

Al pedir misioneros para los indios dice que "basta con que tengan fortaleza de cuerpo y espíritu... porque para estas partes de infieles no son necesarias letras, sino enseñar las oraciones... Han de ser mancebos sanos, y no enfermos ni viejos, para poder llevar los continuos trabajos de bautizar, enseñar Luego, para el Japón pedirá hombres bien formados.

Ceilán

Es un apéndice separado de la India. Clima suave, exhuberante vegetación. Se la llama "la perla del Pacífico", "Isla jardín", riquísima en flores y frutos. Isla encantada". Multitud de ríos van desde el elevado centro a las costas, que son, generalmente, uniformes, con muchas lagunas en las costas orientales. Muchos tupidos bosques, sobre todo en el sur. Tienen elefantes, reptiles, etc... Los habitantes son budistas. En el centro de la jungla hay restos de magníficas construcciones. Ceilán produce arroz, té, frutas. Pero tiene que importar alimentos.

El rey de Jaffnapatán (Ceilán) degolló a 600 cristianos

Ocurrió en la isla de Manar. El Santo fue a Goa a contárselo al gobernador. Este se indign6 y determinó castigar el crimen. Mandaría una expedición militar. Pero, al fin, no hizo nada.

Como no castigaban al rey de Ceilán, el Santo mandó una carta al rey de Portugal: "Cuando envíe aquí a los gobernadores, díjiles que ayuden a los misioneros y les den dinero para hacer iglesias y pagar a los que enseñan el catecismo... Cuando voy a otros sitios, dejo las oraciones por escrito; y, a los que saben escribir, mando que las escriban y sepan de coro (de memoria) y las digan cada día, dando orden cómo los domingos se junten todos a decirlas. Para eso dejo en los lugares quien tenga cargo de hacerlo...". A estos catequistas había que pagarles un sueldo.

"Diga -continúa el Santo- al rey de Ceilán, que es amigo de los portugueses, que no mate a los cristianos".

Los indios pagaban a la reina de Portugal "el tributo de los zapatos o chapines". Le escribe para que deje ese tributo, para dárselo a los que enseñan el catecismo.

Al fin el Santo fue algún tiempo, a Ceilán y Manar mientras esperaba inútilmente la expedición de castigo. Allí convirtió a muchos (1544-45).

El soldado blasfemo

Javier volvía de Goa. En el mismo barco iba blasfemando un soldado, por haber perdido en el juego. El Santo hizo como que no le oía, y le prestó dinero. El hombre ganó. Se arrepintió y se confesó. Javier le impuso una pequeña penitencia. Por eso, al llegar a Cochín fue a disciplinarse por él a un bosque de cocoteros. Allí le encontró el soldado que, quitándole las disciplinas, se flageló a sí mismo hasta derramar sangre.

Los hindúes cazan y domestican elefantes

Varios elefantes domesticados, con los cazadores encima, penetran en la selva. Delante van los conductores. Los batidores dan gritos, baten tambores, para que el macho salvaje se separe de la manada y vaya hacia los ya domesticados. Pronto se oye el ruido de troncos y ramas desgajadas. El enorme animal huye apisonándolo todo. Los domesticados corren tras él. Al cabo de una hora o más le alcanzan... Le cercan, apretándole con sus moles.

Un cazador, con gran peligro, se tira al suelo con una gruesa cuerda. Se introduce entre las patas, hasta atar las del prisionero. Introducen a éste dentro de una gran empalizada de enormes troncos, donde le amarran a un grueso árbol ... Los domadores le ofrecen caña de azúcar, frutas, agua ... La fiera pretende atraparles con su trompa, lleno de furor... Luego se amansa, se deja ensillar y montar... A los dos o tres meses ya está domesticado. Lo emplearán para transportar enormes troncos, cazar tigres o para atacar a otras tribus.

Persecuciones de los cristianos

Los badagas luchaban desde castilletes que hacían encima de los elefantes. Desde ellos lanzaban sus flechas venenosas. Pero ahora se lanzaron los jinetes contra los cristianos del cabo Comorín. Los pueblos quedaron en llamas y llenos de cadáveres, Muchos quedaron cautivos y otros huyeron a las cuevas de los arrecifes. Allí morían de sed y de hambre.

Javier logró equipar veinte barcos de vela y remo, pero no pudieron llegar hasta allí a causa de una fuerte tormenta. Pero pudo auxiliarles por tierra. Volvieron otra vez los badagas, y Javier mandó a los cristianos que volvieran a sus refugios. El sólo salió con el crucifijo en alto, y los enemigos huyeron al verle de un tamaño gigantesco.

A Santo Tomé

Después de fracasar el castigo del rey de Ceilán, al Santo le atormentaba la duda de ir a Malaca y embarcarse hacia la isla de Macasar ("Las Célebes"): "No sé lo que será esto de Jalfríapatán -decía a Mansilla-; por eso no decido si iré a Malaca o me quedaré aquí". Fue a buscar luz a Santo Tomé, una pequeña colonia portuguesa enclavada en la ciudad de Meliapor (hoy, una barriada de Madrás).

La ciudad se elevaba a poca distancia del mar. Dicen que Santo Tomás, el que había metido sus dedos en las llagas de Cristo, oraba en un bosque rodeado de pavos reales. Un indio, sin ver al santo, les disparó un flechazo. La flecha atravesó el costado del apóstol, como la lanza había atravesado el de Cristo. Allí fue enterrado el apóstol.

Javier se hospedó en la casa del Vicario del santuario. Una vez, diciendo misa, le vieron elevarse sobre el suelo. Una noche oyeron que le azotaban los demonios en el santuario. Javier convirtió a muchos portugueses e indios. Sintió que debía ir a Malaca. El Vicario le dió al Santo una reliquia de Santo Tomás, que metió en una cajita donde llevaba, colgada al cuello, una firma de San Ignacio recortada de sus cartas, y la fórmula de los Votos de Montmartre. Durante tres meses Javier permaneció allí y disfrutó de experiencias espirituales propias de los grandes místicos.

Un mercader, Juan de Eiro, le dijo:

- "Confiéseme, que quiero vender todo lo que tengo, dar el dinero a los pobres, y marchar misionero con usted. El Santo le confesó y le admitió. Pero el demonio le engañó. Le dijo que comprara un barco con el que ganaría mucho dinero. Quiso escaparse sin despedirse del Santo, pero éste le llamó para que fuera con él a los macazares. Al llegar a Malaca y enterarse de que los macazares tenían un misionero, se embarcaron hacia las Molucas.

Llega a Malaca

Tardó un mes en llegar, y tuvo un recibimiento triunfal. "Cuando desembarcó -dice Pablo Gómez- nos llamó a todos los muchachos y nos saludó a cada uno por su nombre. Nunca nos había visto; ¿cómo podía conocernos si no era milagrosamente?".

Malaca era el puerto que unía la India con el Extremo Oriente. Estaba abarrotado de navíos de todas partes. Una tupida selva tropical rodeaba la ciudad. Era malsana y de calor agobiante. La gente estaba muy corrompida.

Javier no pensaba detenerse allí, pero el capitán de la fortaleza le dijo que esperara a que volviera una expedición que había mandado a Las Molucas. Esperó durante tres meses y medio. Vivía en el hospital, cuidaba a los enfermos, predicaba y confesaba. Por la noche iba tocando la campanilla con los muchachos, pidiendo por las ánimas del purgatorio. Un joven tenía convulsiones de energúmeno; el Santo le aplicó los exorcismos, y el demonio le abandonó. Hizo otros muchos milagros.

A las islas Molucas

Era el país de las codiciadas especias, que se utilizaban para sazonar y dar sabor picante a las comidas, y también para hacer perfumes y medicinas.

El Santo recorrió más de 3.500 kilómetros, entre un laberinto de islas e islotes. El mismo cuenta su dificil navegación por aquellos mares insondables, llenos de piratas y tormentas. El camino era de ensueño, sobre todo en los maravillosos amaneceres.

El cangrejo del crucifijo

En una pavorosa. tormenta echó su crucifijo al mar, atado con una cuerda. Esta se rompió, pero el mar quedó tranquilo. Cuando pasaba el Santo por la playa de otra isla, vió con gran alegría que un cangrejo enorme le traía el crucifijo.

Por fin apareció Amboino

Era la capital de las Molucas. Javier y sus dos compañeros desembarcaron allí, y el navío siguió su ruta.

Amboino tenía una magnífica bahía. Había elevadas montañas tapizadas de bosques. En la costa había pequeñas chozas, a la sombra de plátanos y cocoteros. Los isleños eran bronceados. Vestían un lienzo a la cintura, una chaquetilla, y llevaban una cinta blanca en la frente. El agua del puerto era clarísima. El fondo era de corales, con actineas y esponjas. Se veían muchos peces de colores. Grandes medusas transparentes y anaranjadas flotaban cerca de la superficie.

Aquellos hombres eran antropófagos

A quienes morían les comían las manos y los calcañales. Para hacer un banquete, se pedía a otro su padre que ya era viejo, con la promesa de darle el suyo. Se comían también los cadáveres de los enemigos. Las gentes estaban terriblemente pervertidas. Por miedo a los musulmanes, andaban huídos por lo más abrupto de los montes. Por haberse quedado sin misioneros vivían como salvajes.

Después de hacer una choza para capilla, Javier, con su simpático indiecito Manuel, que moriría mártir, se internó en la montaña en busca de los salvajes. Subían a los montes, bajaban a los barrancos, entre los perfumes sofocantes de los árboles de las especias. Los insectos les acribillaban e hinchaban las piernas...

Como no aparecía la gente, Javier comenzó a cantar. Al oirle, salían de sus escondrijos. Poco a poco cobraron confianza. El Santo recorría las siete aldeas que se llamaban "cristianas". Les fue catequizando de verdad. Más tarde venían también a la capilla, para confesar y comulgar, los comerciantes y marineros.

A las islas del Moro

Supo Javier que había unas islas con cristianos ignorantísimos. Dejó en Amboino misioneros, y se marchó allá.

Los habitantes, vestidos con taparrabos tejidos de corteza de árbol, eran antropófagos. Envenenaban a la gente y se la comían. En la "casa del pueblo" colgaban las cabezas, brazos y piernas de los enemigos, y bailaban a su alrededor. Nadie quería llevar a Javier entre aquella gente. "Iré aunque sea nadando", decía el Santo. Pero sentía miedo natural. Escribe recordando las palabras de Cristo: "Quien quisiere salvar su vida, la perderá; mas quien perdiere su vida por mi amor, la encontrará". Y dice que esas palabras son un latín muy claro, pero que cuando llega la ocasión de practicarlas, se hacen tan oscuras, que sólo se entienden si el Señor las aclara...

En las islas del Moro se vio acometido junto a un río profundo por una turba de gentiles que le querían asaetear. El sacó una gruesa viga, que estaba empotrada en el lodo, como si fuera un palillo; se embarcó en ella y pasó en un instante a la otra orilla. Los gentiles, estupefactos se quedaron con las flechas en la mano. 

Salió hacia Ternate

Empleó siete días en llegar. Bajarían en algunas islas a repostar agua en los pequeños depósitos de bambú.

Ternate era una pequeña isla humeante. Casi toda era un volcán en ebullición. Sus laderas estaban cubiertas de bosques. Las cenizas volcánicas eran muy fértiles para el cultivo del clavo, la nuez moscada y el árbol del pan. Los indios vivían en cabañas de madera y hojas de palma. Les dominaba el miedo a los espíritus; acudían a los hechiceros en sus enfermedades. Europeos e indígenas estaban muy corrompidos.

El Santo empleó en la isla su método de siempre: primero se ganó a los muchachos, y luego a todos. Hizo entre ellos mucho fruto. Los indios cantaban las oraciones por todas partes. Avisó a algunos para que se confesaran, porque morirían muy pronto. En medio de sus tremendos trabajos, tenía grandes consolaciones espirituales.

Tres meses llevaba en las islas del Moro, pero otras empresas bullían en su mente. Dejó allí un sacerdote, y marchó para Malaca y Goa.

En Malaca (1547)

Una noche el puerto fue atacado por una poderosa flota de unos cinco mil piratas, y los portugueses los espantaron a cañonazos, y los persiguieron. Pasaron 15 días y no volvían. Todos los daban por perdidos. Javier estaba predicando. De pronto se paró y dijo: "Rezad en acción de gracias por la victoria que acaba de alcanzar nuestra flota". Pronto llegaron los vencedores.

En Goa le visita un joven japonés (1548)

Preparaba el Santo su viaje a Goa. Un mercader portugués vino a verle. Traía con él un hombre pequeño, de tez amarilla y ojos oblicuos, llamado Angero. Un huracán había llevado a un navío portugués hasta las costas de Japón. Allí conocieron a Angero que, por haber matado a un hombre, les rogó que les dejaran huir en el navío. El japonés sentía gran remordimiento. Le aconsejaron que se viese con Javier, y que se bautizara, para que Dios le perdonara. Angero hablaba algo el portugués. Asistía al catecismo y luego escribía. Un día le preguntó Javier:

- "Si yo predicara a los japoneses, ¿se harían pronto cristianos?"

- "No", le contestó Angero. "Primero se enterarían bien de lo que es ser cristiano. Y si vieran que el misionero practicaba lo que predicaba, se convertirían. Porque los japoneses son muy razonables".

Angero sabía más que suficiente para ser bautizado. Pero Javier quiso que lo hiciera el obispo de Goa. Al hacerlo le puso el nombre de Pablo de Santa Fe.

Desde Japón escribieron al Santo unos portugueses diciéndole que un rey de allí quería hacerse cristiano. Eso aumentó sus ganas de ir pronto allá. Muchos desanimaban al misionero porque el viaje era largo, el mar estaba lleno de piratas, y los Portugueses no tenían por allí castillos que lo defendieran. Pero el Santo arregló los asuntos pendientes de la India, abrazó a sus hermanos y, con la bendición del obispo de Goa, se embarcó.

El Santo cuando emprendía una nueva empresa, lo consultaba antes mucho con el Señor. No se dejaba llevar de sus naturales impulsos. Antes de ir al Japón escribe al rey de Portugal:

"Señor: habiendo oído, y muchas veces, atentamente considerado las muchas y admirables cosas que personas dignas de toda fe... nos dicen acerca de la excelente disposición que para abrazar nuestra santa religión muestran las islas del Japón, creí deber mío pedir, intensa e incesantemente, a Dios Nuestro Señor me hiciese sentir internamente con divinas señales, si era su santísima voluntad me encaminase yo a aquellas remotas tierras... estoy completamente persuadido, y así lo siento en el alma, que mi ida a Japón será para gloria y servicio de Dios... me embarqué en la India, para seguir la vocación cierta del Señor, que con frecuentes y vehementes impulsos me mueve a emprender este camino".

Sin embargo, hablando de su viaje al Japón, dice "que le temblaban las carnes al pensar en los trances que le esperaban".

Hacia el Japon

Iba en un barco pequeño de un chino llamado el 1adrón o pirata. En la popa tenían un ídolo feísimo, rodeado de luces e incienso. Le consultaron, echando suertes, para saber si volverían a Malaca. La suerte salió que no. "Pues no irernos al Japón", dijeron. El Santo pidió a Dios que sí fueran. Se levantó una gran tempestad, y el barco se dirigió a un puerto de China. Desde otro barco les avisaron que aquello estaba lleno de piratas. Volvieron atrás, pero un viento muy fuerte les arrastró hacia el Japón. Ni el demonio ni sus ministros -escribe Javier- pudieron impedir nuestra venida".

MUERTE DE JAVIER

Cuerpo incorrupto de San Francisco Javier, Goa (India)El chino no venía a buscarle. Javier estaba en una pobrísima choza, con su fiel Antonio de Santa Fe, que iba a pedir alimentos al "Santa Cruz" porque se morían de hambre. Un viento gélido barría la isla, y el Santo cogió una pulmonía. Estaba acabando su vida. Enrojecido por la fiebre, miraba a ver si venía el chino.

- "¿Te parece, Antonio, que vaya al barco de Pereira?", le preguntó.

- "Me parece muy bien: allí tendrá alimentos y quien lo cuide".

Pero el Santo sólo estuvo en la nave aquella noche, porque no podía soportar el balanceo. Por la mañana volvió a tierra, trayendo unos calzones para el frío y unas almendras. Parecía una brasa encendida por la fiebre. Un portugués amigo le llevó a su cabaña y le sangró. El Santo se desmayó. Luego le vinieron grandes delirios. Decía: "Madre de Dios, ten misericordia de mí... Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí". Así estuvo durante cinco o seis horas, con mucho fervor.

El día 1, mirando con pena al indio Cristóbal, le dijo:

- "¡Ay, triste de ti; ay, triste de ti; ay, triste de ti!".

Conoció que se pervertiría y que moriría en Malaca de un tiro de arcabuz.

Comenzó a perder el habla

" En cuanto vi esto -dice Antonio- me pareció que Nuestro Señor se lo quería llevar presto; y me preparé para velarle aquella noche del viernes al sábado. Y velándole yo toda la noche, y estando él con los ojos puestos en su crucifijo, al romper el alba víle hacer un movimiento extraño; y poniéndole una candela en la mano, estando yo solo con él, se durmió en el Señor". Una paz celestial transfiguró el rostro sonrosado del Santo. Las estrellas latían en la noche. Cristo llevaba al cielo el alma de su santo apóstol. Así murió al alba del 3 de diciembre de 1552 el gran apóstol de las Indias y del Japón. Tenía 46 años. Había recorrido 120.000 kilómetros, como tres veces la tierra. Había ido robando corazones para Dios. Quien miraba su rostro simpático y sonriente, que reflejaba lo divino, se sentía alegre y mejor. Cuando predicaba, más que sus argumentos, convencía con su santidad y con la fuerza de sus milagros.

Entierro de Javier

En seguida vinieron los portugueses del barco de "Santa Cruz". Antonio, ayudado de dos mulatos, metió el cuerpo del Santo, que parecía vivo, en una caja de madera y la llevó en una barca al otro lado del puerto. Los otros "por miedo al frío" no asistieron al entierro. Metió cal en el ataud para que se, pudriera pronto la carne y se pudiera llevar más fácilmente el esqueleto. Pasaron tres meses y el navío "Santa Cruz" se preparaba a volver a Malaca. Antonio dijo al capitán:

- "¿Vamos a dejar aquí el cuerpo del Santo?"

Lo desenterraron, y quedaron admirados: estaba fresco, como si estuviera vivo. Lo metieron en una caja mejor que untaron de brea, y se lo llevaron a Malaca.

Allí le recibieron con gran entusiasmo. Cesó en la ciudad la gran mortandad que había. Un enfermo le besó y quedó curado. En Goa le hicieron un gran recibimiento. Esta ciudad tiene el gran honor de tener todavía el cuerpo incorrupto del gran apóstol.

Javier fue canonizado el 12 de marzo de 1622. Benedicto XIV le declaró, en 1748, patrono de Oriente. En 1904 Pío X, actualmnente Santo, le nombró patrono de la Propagación de la Fe y Patrón Universal de las Misiones.

Llegó Javier a una aldea pagana. - "¿Por qué no sois cristianos?", les dijo. - "Porque el rey nos lo prohibe".

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